Mi plato del buen comer

Cuando se trata de comer, no me ando con medias tintas. Quiero que mi guisado sea vasto y si es posible, se desborde del plato, no deseo ver una combinación de gotas de salsa, espumita de sabor y hojitas que hay que distinguir con lupa. Me gusta ver lo que como y sobre todo, comer lo que conozco.
Quizá parezca que ignoro el alarmante tema de la obesidad, pero no, tampoco abogo porque todos nos atrevamos a superar las hazañas de Adam Richman de meterse comidas XXXL en su programa Man versus Food. Sólo estoy convencido de que hay ciertos placeres de la vida en los que aplica el lema de que menos es más y en otros no.

Por ejemplo, al viajar, no disfruto estar a bordo de ningún vehículo –sea terrestre o aéreo– por más de 5 horas. En mi casa, prefiero mantener una decoración modesta, a una demasiado barroca o con lo último de lo último en tendencias. Y cada vez que puedo, voy a nadar al club en horarios que me permitan tener la alberca sola para mi. Pero cuando se trata de comida, la moderación no es lo primero que pasa por mi cabeza.
Pareciera que a los chefs internacionales de hoy  les dio por confundir platillos sofisticados con escasez, y que detrás de la cocina nouvelle, molecular u orgánica se esconden porciones mínimas de comida. No sé qué suceda con estos restaurantes fancy que sirven espumas en lugar de salsas consistentes, infusiones en lugar de sopas o esferificaciones en lugar de frutas.

No sé ustedes, pero yo no quiero que mi comida se evapore cual éter en el aire mientras la llevo del plato a la boca. Quiero sentir a los vegetales crujir al masticarlos o percibir cuán tierno está mi corte de carne. El menú de hospital me lo reservo sólo para cuando estoy enfermo. No sé de quien fue la idea de que comer foi gras de un vaso para shot o quesadillas líquidas en una cuchara de porcelana grandota es algo gourmet.



Y lo reitero, no abogo por los combos extra grandes de comida, pero estoy seguro que el hombre de las cavernas no apreciaba un alimento que fuera precario. Imagínense que van a un museo que exhibe una pequeña litografía en cada una de sus salas, o que asisten a un concierto de una banda de rock poderosísima en el que sólo toca uno o dos de sus miembros –les apuesto que más de uno pediría que les reembolsaran el dinero que pagaron por su boleto. ¿Entonces, por qué la gente no se queja cuando ve que su plato principal consiste en una fina rebanada de chuleta de cerdo y puré de camote en una porción para recién nacido? ¿Por qué nos engañamos al tratar de sentirnos ‘en onda’ mientras llevamos a nuestra boca un poco de gelatina de pimiento rojo?
Cuando voy a un restaurante, llego con hambre, en espera de que la entrada que pida me haga salivar y me prepare para engullir, como Dios manda, un guisado que me dejará satisfecho, seguido de un postre que me gusta acompañar con pacharán. No me importa cuán colorido o creativo luzca un platillo de comida molecular al servirlo en la mesa, si no me exige una caminata por el parque después de comerla, sinceramente, paso. O díganme, ¿qué tiene de gourmand tener que comer una bolsa de frituras después de un menú de 8 tiempos en un restaurante sofisticado porque te quedaste con hambre?
Sé que hay que ser versátil a la hora de comer, pero siento que, en general, los restaurantes de alta cocina están provocando que sacrifiquemos lo sabroso de la comida por presentaciones minimalistas en aras de una propuesta culinaria modernista. Sea lo que sea eso. ¿Qué pasó con los estilos de cocina tradicionales?
Estimados chefs, esta es mi petición: a menos de que la intención de su idea gastronómica sea la de añadirle sabor a mi carne, por favor, absténganse de ponerle pétalos y gotitas coloridas a mi plato.

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